EL TORO DEL ABANICO

Abrió su abanico,
se escudó tras él,
y un toro lucero chico
saltó al ruedo del papel.

Entre varillas, plisados,
un chato de manzanilla,
una guitarra, un sombrero
y un paisaje de Sevilla.

En los palcos de sus ojos
dos niñas de rompe y rasga;
dos penas y dos rastrojos;
la noche y el sol juntitos
en los palcos de sus ojos.
Y al barandal de su boca
¡Qué cosa!
juntos el fuego y la nieve,
novio y novia.

¡Y cómo se están riendo!
La nieve de no romperse
estando en medio del fuego
y el fuego de no apagarse
teniendo a la nieve en medio.

¡Burladero de clavel!
¡Ay, si el toro no fuera
de papel,
qué salto hasta ti daría,
burladero de clavel.

Van y vienen las varillas
cómplices del coqueteo;
aire, amor, guiño, deseo,
van y vienen las varillas.
¡ Un ramo de banderillas
que han salido de paseo!
Aire, amor, guiño, deseo,
van y vienen las varillas.

Y al aire del abanico
se está meciendo Sevilla.

Y el toro lucero chico
quiere y no puede coger
al torerillo de cromo
que en los terrenos del tres
quiere y no puede mover
los pies.

Aire y plomo...,
mágico apunte de cromo
en los terrenos del tres.
Pero tú no tengas miedo,
torero de planta leve;
¡si ese toro no se mueve
por más que se mueva el ruedo!
Torero, no tengas miedo.

El toro no se movió
el toro no se movía;
con la muleta en la mano
el torero se mecía,
y el ruedo de papel era
un aire que iba y venía.

-¿Pero y si se arranca el toro..?
-¿Y qué tienes que temer,
si están dispuestas al quite
las manos de una mujer..?

Y...¡quite maravilloso
y amoroso!
para evitar la embestida
del toro lucero chico,
ella cerró, su abanico,
y se acabó la corrida.