
LA NEGRURA En las noches en que luce el plenilunio, cuando duerme en el almendro la cigarra y en el valle muy lejana la guitarra va rasgando entre las cuerdas su infortunio, me aletargo entre la paja de mi almiar y en mi pecho siento henchirse la alharaca, aspirando el dulce aroma de albahaca, que me ayuda suavemente a dormitar. Y allí oculto, bajo túrbida guarida, sueño alegre que me elevo a las alturas y me libro de las férreas ataduras que mantienen a mi alma retenida. Es un vuelo sideral el que realizo rodeado de luceros refulgentes todos ellos de colores diferentes que me envuelven al mirarlos con su hechizo. Muy arriba, cuando estoy en las alturas de ese cielo del que cuelgan las estrellas, veo lejos, cual dulcísimas centellas, bellas luces que resaltan la negrura. Este estado de onirismo que me embarga me sugiere mil cuestiones inquietantes cuando observo que las luces más brillantes son puntadas de una inmensa y negra sarga. Y pregúntome aterrado, ¿en lo infinito prevalece la bondad, o es la negrura la que reina por doquier, en noche oscura, imperando lo encubierto y lo maldito? Y desgarran mis entrañas lo que veo: una inmensa oscuridad interminable de una negra infinitud abominable que aprisiona un diminuto camafeo. Prosiguiendo con mi extraña pesadilla me pregunto torpemente con tristeza: Si la luz es la bondad y la belleza, ¿Quien impera en esta negra maravilla? Si lo oscuro precedió a la humilde albura en un ente donde todo era la nada no existiendo ni la luz ni la alborada, ¿Quien logró que palpitase en miniatura? Y prosigo mi paseo singular recorriedo aladamente el firmamento, contemplando humildemente este portento, mientras duermo entre la paja del almiar...